La ley de los arcos dorados y Georgia

agosto 29, 2008

En el siempre imaginativo campo de las ciencias sociales existen algunas hipótesis de lo más extravagantes, pero que difícilmente pueden ser revocadas. Una de ellas, en el campo de la economía, puede ser considerada de las más exóticas. En su libro The Lexus and the Olive tree, el tres veces ganador del premio Pulitzer, Thomas Friedman, indujo la llamada “Ley de los Arcos Dorados“. No hay que confundir a este periodista americano con el economista Friedman, de nombre Milton, que ganó el premio Nobel en 1976. Esta supuesta ley económica en su formulación en versión original nos dice:

Golden Arches Theory of Conflict Prevention:

No two countries that both had McDonald’s had fought a war against each other since each got its McDonald’s”

El origen de esta idea viene de la constatación empirica de que hasta el momento ningún país había atacado en guerra cualquier otro, teniendo ambos alguna franquicia de la conocida empresas de haburguesas. La idea subyacente a esta ley enunciada tras el método inductivo de Friedman no es que el famoso Roy Mc Donald asuste con su cara de payaso blanquecino más que las posibles represalias del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde se recogen las mayores potencias nucleares. El hecho se deriva más bien que la globalización, facilitando la expansión del territorio de actuación de las empresas, tiene un camino dirigido desde las superpotencias económicas hacia el resto de los países, pero lógicamente empezando con aquéllos que suponían un mayor nivel de rentabilidad, lo cual supone exigir unos mínimos niveles de seguridad o, en este caso, unos niveles mínimos de riesgo. Por ello es relativamente fácil comprobar como multinacionales, grandes compañías con capacidades suficientes para instalarse donde les resulte conveniente, tiendan a evitar aquellas zonas del planeta donde sus bienes puedan ser expropiados, sus empleados amenazados y, en definitiva, sus inversiones puedan ver en peligro su integridad; más aún en casos de catástrofes naturales o humanas, como una guerra interestatal.

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Crisis: La hidra de cinco cabezas

julio 24, 2008

 

 

Está de moda en televisión montar una tertulia económica en cualquier rato muerto que deje el fútbol, el tenis o el tour, y así andamos, del corazón a los asuntos, en la nube y en las losas de la realidad. El caso es que en cualquiera de estas tertulias sale a relucir alguna buena idea de la que se debería tomar nota desde la cúpula de este nuestro gobierno que se afana en disparar a los tanques con tirachinas. Es triste que se escuchen cosas más coherentes en cualquier programilla tardío de cadena local que desde Moncloa, que sigue en sus treces de maquillaje obsesivo sobre esa sucia cara que tiene ahora el país. Es triste, pero no inexplicable. Y lo sabíamos, lo sabíamos todos y hay que quitar de esa visión la siglas y las ideologías y mirar un poco más allá: el equipo y el “programa, programa, programa”, como decía Julio Anguita. Hay un gobierno al que, con viento de cara, se le podían perdonar las ineficiencias, los excentricismos, excesos y meteduras de pata; ahora ya no. Sucede que ahora que pintan bastos, hay que hacer cosas de verdad, cosas de presidentes y ministros, de las de toda la vida. Digámoslo claro: tomar decisiones.

Ahora me toca ser constructivo. Desde mi ignorancia, entiendo que para atacar una crisis hay que atacar igualmente la superficie y el fondo, hay que compaginar los parches con las soluciones reales. Un buen gobierno debe manejar el tempo entre lo inmediato y lo futuro. Para ello hay que empezar por entender la crisis, que no es una sino varias, y con origen en lo internacional y en lo patrio. Tenemos:

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El manicomio de atención al cliente de Telefónica

julio 24, 2008

Tuve el otro día uno de estos típicos conflictos de manual que suceden cada vez que llamas a un servicio de atención al cliente. Vaya por delante que no voy a criticar al personal que trabaja en estas líneas para atender a los cabreados clientes, ya que por lo general suelen ser amables y colaboradores, sin ironías. Mi crítica va hacia Telefónica, que es mi caso, en mi ignorancia de cómo son los demás operadores; además intentaré ser constructivo. Al lío.

Mi conexión ADSL no accede a Internet. Reinicio el router y sigue sin funcionar. Llamo al 1004, espero a la voz humana, me piden mi número de teléfono, me piden que describa el router. Son las 10 de la mañana; a las siete de la tarde consigo que funcione la conexión. He realizado ocho llamadas, me han guiado a través de ocho “soluciones” distintas. El único parecido entre una llamada y otra ha sido básicamente el de dar mi número de teléfono y describir el router, que a estas alturas podría dibujar de memoria como si fuera Velázquez. Por lo demás, cada llamada ha sido una aventura fantástica a través de los entresijos de mi portátil:

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Mirando más allá: lecturas positivas de una crisis

junio 4, 2008

 

Voy a realizar la contracrónica al pesimista post que ya realicé sobre la inflación y, muy por encima, la crisis. Creo que hablar de crisis, aunque no sea técnicamente correcto porque todavía estamos en fase de desaceleración, tiene un sentido más allá de lo pesimista de la palabra: una crisis permite la catarsis. Y ésta palabra tiene que empezar a ser importante desde ya.

Tengo una opinión vergonzosamente poco fundamentada (por eso ni siquiera la elevo a hipótesis) que empecé a madurar en parte por la lectura de un post de Ricardo Galli, aunque no se parezca del todo. Mi idea es sencilla de decir pero poco intuitiva: la culpa de la inflación española y de la burbuja inmobiliaria que hizo boom y ha metido al país en este berejenal la tiene, en última instancia, la incultura. Especialmente, la incultura de ciudad y pueblo grande. De una generación de población activa, en una franja desde los veinte a los cincuenta, que ha vivido más o menos una etapa de crecimiento expansivo de la economía, o lo han visto así. En otras palabras, que no ha pasado hambre de verdad. La economía mundial ha tenido baches desde entonces: digamos, 1973-1980, crisis del petróleo, estanflación, etc. Sin haber vivido la época, creo que en España la asimilación de esa crisis tuvo mucho ruido de fondo porque había distracciones importantes: la muerte de Franco, el cambio de régimen, la Constitución y todo aquéllo que acabó llamándose transición. La generación de los 20 de entonces, que es la generación de los 50 de ahora, vivió la economía de puntillas porque vivió la política intensamente. En la normalidad democrática, estuvo aquella crisis de los noventa del felipismo, que comparada con la que se avecina va a ser un altibajo leve. No, de cincuenta años para abajo nadie en España ha vivido seriamente la plenitud de una crisis, no ha vivido el hambre, el racionamiento del dinero a niveles absurdos. Más bien, ha vivido en la pompa de una prosperidad moderada que ha permitido un tren de vida muy digno. Hablo, por supuesto, de la clase media, mayoría de la población. Todo ello lo cuento porque casi nadie ha asimilado un mensaje que viene de antiguo, desde que el mundo es mundo, un mensaje que sí asumieron los “padres de” y “abuelos de”: AHORRA.

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4,5

mayo 6, 2008

 

El panorama económico español tiene todas las papeletas para invitar al desaliento. 4,5, el título de este post, refleja el último dato conocido a fecha de hoy sobre la inflación, concepto que queda siempre ninguneado por el espíritu de “no demos datos macroeconómicos que casi nadie entiende”. La realidad es terca y no acepta a la larga maquillajes. 4.5 de inflación es una senda muy muy peligrosa siendo las previsiones de crecimiento del PIB menores al 2, en el peor de los casos, o menores a 2.5, en el mejor de los mundos. Esto da bastante miedo.

Históricamente, la inflación es mayor en España que en el resto de los países europeos. Lo que sucede es que durante una época de bonanza económica, correspondiente al gobierno del PP y primera parte del gobierno de Zapatero, hemos crecido por encima de la media y hemos bailado con el pleno empleo, lo que situaba al crecimiento del PIB por encima de la inflación, por lo que la inflación tirando a alta era asumible. Economía para principiantes: la traducción del crecimiento del PIB es más empleo y más riqueza, la traducción de la inflación es aumento de los precios generales de las cosas (medido como el precio medio de una cesta de compra considerada normal, léase IPC). La inflación es peligrosa y no puede ser ninguneada no sólo porque las cosas valgan más caras, sino porque además ocurre en una situación de estanflación. Este palabro surgió durante la crisis del petróleo de 1973 y describe el peor escenario económico posible. Lo normal sería pensar que en epocas de expansión económica la gente gasta más y los precios suben, mientras que en épocas de recesión económica la gente gasta menos y los precios bajan (o como mínimo, se mantienen). Esto es intuitivo, si la gente compra menos nadie se va a dedicar a subir los precios para que compren menos todavía, en todo caso los bajarán para que compren más. La estanflación es un fenómeno económico en que la gente tiene relativamente menos dinero (léase el crecimiento del PIB baja e incluso se vuelve negativo) y sin embargo los precios siguen subiendo. Y los precios son tremendamente complicados de bajar.

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Pensar en términos de revolución

abril 4, 2008

La revolución digital es un concepto reciente. Thomas Watson, antiguo presidente y cofundador de IBM, dijo en 1943: “Pienso que hay un mercado mundial para quizás cinco ordenadores”. Años más tarde, el presidente y fundador de DEC, Ken Olsen, diría: “No hay razón por la que alguien querría un ordenador en su casa” (1977). Cuatro años más tarde, Bill Gates regalaba al mundo la famosa frase: “640K deberían ser suficientes para cualquiera”.

¿Cómo es posible que empresarios e ingenieros tan influyentes pudiesen estar tan equivocados? Es muy difícil ser un profeta en un entorno tan cambiante como el sector tecnológico. La explicación más común cuando se habla de análisis prospectivos de IT (Information Technology) es que el ser humano tiende a pensar en términos de evolución. Sin embargo, la tecnología es, esencialmente revolucionaria. La innovación tecnológica puede ser incremental (pequeños cambios sobre la misma base), pero también disruptiva (una tecnología irrumpe en el mercado, cambia las reglas, destruye los estándares legados y funda un nuevo modelo de avance y negocio). A largo plazo (50 años por ejemplo), los cambios disruptivos son absolutamente impredecibles. Hoy en día, podríamos aventurar que en un futuro cercano telefonía, mensajes, conexión wifi, fotografía, video, radio, etc. podría estandarizarse en un aparato base (léase telefono movil, ipod o similar). También podría decirse que el ratón perderá fuerza en favor de los dispositivos táctiles, que los libros acabarán siendo habitualmente electrónicos o que se acabará encontrando una cura contra el sida o el cáncer. Estos son pensamientos en cierto modo evolucionarios, basados en una proyección al futuro de lo que actualmente existe. Sin embargo, no podemos imaginar lo imprevisto, la tecnología de ruptura, lo que emerge sin haber sido llamado del imaginario colectivo. En los años 70 sería impensable que todo el mundo tuviera uno o dos ordenadores en casa, ni el Departamento de Defensa de EE.UU. al idear Arpanet fue consciente de todo lo que se originaría desde esa base (Internet). Desde la otra perspectiva, muchos creyeron al principio de los 90 que el mini-disc estaba llamado a ser el sustituto natural de los casettes. A finales de los noventa, esta tecnología prácticamente había desaparecido, sin haber llegado a tener éxito a nivel mundial (solamente en Japón).

Nicholas Carr publicó un artículo muy polémico en 2003, en la Harvard Business Review, llamado IT doesn’t matter. La idea principal del artículo es que las tecnologías de la información ya no son importantes desde un punto de vista estratégico, pues una vez han sido adoptadas por todo el mundo, ya no suponen una ventaja para nadie. Las tecnologías propietarias pueden generar una ventaja inicial, pero al final la mejor práctica triunfa en el mercado y se convierte en estándar. Las TIC se han convertido en un commodity, en un bien básico. Carr compara las TIC con el ferrocarril: podrías inventar el ferrocarril y utilizarlo privadamente, pero es una tecnología en el que el potencial se muestra con la difusión, con la apertura a todos, y con ello pierdes la ventaja estratégica de producirlo. Las TIC tienen unas características similares. Esto es cierto hoy en día para muchos casos. Pero el pensamiento de Carr es evolucionario. A las tecnologías de la información le quedan unas cuantas revoluciones pendientes, y el panorama final puede ser muy distinto. Nunca desde el escepticismo el mundo dio un paso al frente. Lo que somos hoy se lo debemos a locos idealistas a los que todos miraron con una ceja levantada y una sonrisa sarcástica. Veremos.