Misery, de Stephen King

mayo 27, 2008

 

Stephen King es un escritor que nadie sabe muy bien dónde ubicar. El tiempo dará y quitará razones a detractores y admiradores; en ambos casos, son legión. A mí en particular me gusta, sin que cuente entre los escritores que me llevaría a una isla desierta, pero le reconozco algo de fascinante. Hay muchas formas de escribir, tantas como escritores que han encontrado su propio estilo, su propio reducto de creación. No es exclusivamente un escritor de terror, algo que parece siempre bajar peldaños en el mundo literario, como los escritores en clave de humor que ya comentábamos. ¿Qué es lo que hace grande a este escritor, cuál es el factor diferencial que lo hace único?

Hay que empezar diciendo lo obvio: es un excelente narrador de historias. Esto es algo que en cierto modo debería ser inherente al novelista, saber contar lo que quiere contar; sin embargo, no es para nada habitual en un tiempo en que la novela parece tan alejada de su idea original: nunca estuvo tan lejos la novela de la narración clásica. Muchos de los libros que aparecen hoy por las estanterías patrias y extranjeras enmascaran auténticos tratados filosóficos; en busca de la profundidad psicológica de los personajes se han ido perdiendo las formulas clásicas de la narrativa. A veces esto deriva en libros de entelequias, artificios de psicología y estilo. Le pasa lo mismo al cine; una pequeña parte de nosotros reivindica la aventura, la magia, lo que hizo al cine grande; mientras otra parte mayor aplaude la huida hacia el interior de lo mejor del nuevo cine. Y no digo que esa huida hacia el interior sea mala, digo que le falta el trabajo invisible para que el espectador realmente quiera saber lo que pasará en la escena siguiente. Stephen King no escribe novelas de aventuras, escribe novelas muy psicológicas, pero las cuenta con el cálculo perfecto de los tiempos y de la intriga. Es el gran maestro de la tensión.

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Los miserables, de Victor Hugo

abril 16, 2008

Les Miserables

 

Existe, en general, un problema con los clásicos. Están ahí, es probable que las estanterías de nuestras casas guarden grandes obras bajo una pátina de polvo, pero existe aquella sensación de que nos aburrirán, de que clásico implica pomposidad, barroquismo y largas descripciones donde los ojos se caigan de sueño. En parte la culpa la tienen algunos libros de mal llamada “literatura experimental”, aquellos libros donde el estilo destruye al argumento, donde el detalle destroza el ritmo. Hablo, por supuesto, del “Ulises” de James Joyce, de “En busca del tiempo perdido” de Proust o incluso del “Fausto” de Goethe. No es que estos libros no puedan ser leídos y admirados, no es que no sean obras maestras, pero es a la literatura como “Ciudadano Kane” al cine. Sí, puede que la mejor película de la historia y demás, pero preferimos “El padrino”, “Casablanca” o, según cada cual, “Matrix”, “Trainspotting”, “Cadena perpetua”, etc. También hay quien prefiere “Ciudadano Kane”, con gran probabilidad de tener el “Ulises” en su mesilla de noche.

Hay clásicos sobrevalorados. Hay clásicos buenos. Los hay muy buenos. Luego están los excelentes. De entre ellos, algunos son los imprescindibles. Finalmente, están “Los miserables”. Se dice que el problema o la virtud de la literatura Francesa es que no hay un nombre que se imponga sobre los demás, como Cervantes en la literatura española o Shakespeare en la literatura británica. Eso es falso, tienen a Victor Hugo. Esta impresión personal igual viene en parte de haber leído el libro en el tiempo preciso, o de no haber tenido una concepción clara de lo que me esperaba. Existe una aceptable versión cinematográfica de Los miserables de gran éxito en su día. ¿Por qué entonces este libro?

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Reír leyendo

abril 7, 2008

Una de las ventajas de la literatura respecto al cine es que la literatura no está acotada a unas reglas estrictas de juego (por ejemplo, duración, limitaciones de ángulos de cámara, forma). En el cine la innovación se permite hasta cierto punto, se puede desestructurar una cinta, cambiar el orden temporal, rodar desde una determinada perspectiva, usar un tono u otro; pero sucede que al final lo que el espectador contempla es una sucesión de escenas y, si la película es buena, la sugerencia de lo que no está rodado. Se puede desconectar de una película y verla a medio gas. En un libro no, un libro requiere de la imaginación del lector, puede guiarla infinitamente hacia donde quiera; y el lector puede releer una parte, reinterpretarla, asumirla, saborearla. El cine es emoción directa, cuando se hace bien; la literatura es emoción interiorizada.

Sorprende, dado el formato de un arte y del otro, que las películas de humor sean mucho más populares y prolijas que los libros de esta índole. Lo digo porque es muchísimo más difícil hacer reír inteligentemente con una escena que con una conversación o con una frase. De hecho, el cine de humor de los grandes, léase los hermanos Marx, los Monthy Python, Billy Wilder, Woody Allen, tiene en los diálogos el argumento fundamental para hacer reír al espectador. Dentro de esta categoría también hay joyas españolas, como algunas películas de Berlanga y, en especial, la película “Amanece que no es poco”, de Jose Luis Cuerda.

¿Qué hay en literatura? ¿Es que en literatura uno tiene que ser necesariamente grandilocuente, o realista? ¿No hay nada más allá de la tragedia, del amor, de la aventura o del costumbrismo? ¿Por qué el humor tendría que empequeñecer una novela? Afortunadamente, también el humor en papel tiene sus maestros. Los libros y autores que menciono a continuación no tienen nada que ver con que, dentro de un libro formalmente de otro género, haya pasajes de humor brillante. Voy a hablar de algunos autores que he leído para no parar de reírse:

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