Crisis: La hidra de cinco cabezas

julio 24, 2008

 

 

Está de moda en televisión montar una tertulia económica en cualquier rato muerto que deje el fútbol, el tenis o el tour, y así andamos, del corazón a los asuntos, en la nube y en las losas de la realidad. El caso es que en cualquiera de estas tertulias sale a relucir alguna buena idea de la que se debería tomar nota desde la cúpula de este nuestro gobierno que se afana en disparar a los tanques con tirachinas. Es triste que se escuchen cosas más coherentes en cualquier programilla tardío de cadena local que desde Moncloa, que sigue en sus treces de maquillaje obsesivo sobre esa sucia cara que tiene ahora el país. Es triste, pero no inexplicable. Y lo sabíamos, lo sabíamos todos y hay que quitar de esa visión la siglas y las ideologías y mirar un poco más allá: el equipo y el “programa, programa, programa”, como decía Julio Anguita. Hay un gobierno al que, con viento de cara, se le podían perdonar las ineficiencias, los excentricismos, excesos y meteduras de pata; ahora ya no. Sucede que ahora que pintan bastos, hay que hacer cosas de verdad, cosas de presidentes y ministros, de las de toda la vida. Digámoslo claro: tomar decisiones.

Ahora me toca ser constructivo. Desde mi ignorancia, entiendo que para atacar una crisis hay que atacar igualmente la superficie y el fondo, hay que compaginar los parches con las soluciones reales. Un buen gobierno debe manejar el tempo entre lo inmediato y lo futuro. Para ello hay que empezar por entender la crisis, que no es una sino varias, y con origen en lo internacional y en lo patrio. Tenemos:

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El manicomio de atención al cliente de Telefónica

julio 24, 2008

Tuve el otro día uno de estos típicos conflictos de manual que suceden cada vez que llamas a un servicio de atención al cliente. Vaya por delante que no voy a criticar al personal que trabaja en estas líneas para atender a los cabreados clientes, ya que por lo general suelen ser amables y colaboradores, sin ironías. Mi crítica va hacia Telefónica, que es mi caso, en mi ignorancia de cómo son los demás operadores; además intentaré ser constructivo. Al lío.

Mi conexión ADSL no accede a Internet. Reinicio el router y sigue sin funcionar. Llamo al 1004, espero a la voz humana, me piden mi número de teléfono, me piden que describa el router. Son las 10 de la mañana; a las siete de la tarde consigo que funcione la conexión. He realizado ocho llamadas, me han guiado a través de ocho “soluciones” distintas. El único parecido entre una llamada y otra ha sido básicamente el de dar mi número de teléfono y describir el router, que a estas alturas podría dibujar de memoria como si fuera Velázquez. Por lo demás, cada llamada ha sido una aventura fantástica a través de los entresijos de mi portátil:

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Cajones: los limbos literarios

julio 24, 2008

Encuentro últimamente escaso tiempo para escribir en el blog, así que si Café de las cuatro había encontrado algún lector habitual en su corta existencia, pido disculpas. Tuve tentaciones de abandono, porque la vida se pone frenética a veces, pero siempre hay temas que giran en la cabeza de uno y que quieren ser liberados de algún modo, preferiblemente compartiéndolo con muchos.

Quien atesora en alguna parte de su cerebro o de sus vísceras una pequeña vocación de escribir y le brinda cierta habitualidad o persistencia a esta afición, sabe que los libros se escriben con orden y trabajo, pero que en el transfondo de toda narración o de todo poema subyace un caos, llamémosle inspiración, duende, genialidad, improvisación o impulso. Caos porque es algo que surge de la nada, sin cita previa y sin haber sido llamado, y que además te puede encontrar trabajando, leyendo la composición del gel de ducha, haciendo footing o tomándote un café. Las musas pueden contarte una frase, un estilo, una estructura narrativa o, muy comúnmente, una idea o punto de partida para una trama. Aunque encuentres a muchos escritores negando estos arrebatos de la inspiración, el trabajo del escritor no está sujeto a un molde exacto del tiempo, un escritor no es un oficinista con horario de nueve a tres. A lo sumo, un escritor se crea el escenario de trabajo para que la inspiración le encuentre con las manos en la masa, pero el tiempo real de escritura habiendo borrado o tirado papeles varios con anterioridad, coincide más o menos con el “trance”, que es el frenesí literario en forma de impulso irresistible, algo no medible en tiempo y más parecido a la posesión que al oficio.

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