Mirando más allá: lecturas positivas de una crisis

 

Voy a realizar la contracrónica al pesimista post que ya realicé sobre la inflación y, muy por encima, la crisis. Creo que hablar de crisis, aunque no sea técnicamente correcto porque todavía estamos en fase de desaceleración, tiene un sentido más allá de lo pesimista de la palabra: una crisis permite la catarsis. Y ésta palabra tiene que empezar a ser importante desde ya.

Tengo una opinión vergonzosamente poco fundamentada (por eso ni siquiera la elevo a hipótesis) que empecé a madurar en parte por la lectura de un post de Ricardo Galli, aunque no se parezca del todo. Mi idea es sencilla de decir pero poco intuitiva: la culpa de la inflación española y de la burbuja inmobiliaria que hizo boom y ha metido al país en este berejenal la tiene, en última instancia, la incultura. Especialmente, la incultura de ciudad y pueblo grande. De una generación de población activa, en una franja desde los veinte a los cincuenta, que ha vivido más o menos una etapa de crecimiento expansivo de la economía, o lo han visto así. En otras palabras, que no ha pasado hambre de verdad. La economía mundial ha tenido baches desde entonces: digamos, 1973-1980, crisis del petróleo, estanflación, etc. Sin haber vivido la época, creo que en España la asimilación de esa crisis tuvo mucho ruido de fondo porque había distracciones importantes: la muerte de Franco, el cambio de régimen, la Constitución y todo aquéllo que acabó llamándose transición. La generación de los 20 de entonces, que es la generación de los 50 de ahora, vivió la economía de puntillas porque vivió la política intensamente. En la normalidad democrática, estuvo aquella crisis de los noventa del felipismo, que comparada con la que se avecina va a ser un altibajo leve. No, de cincuenta años para abajo nadie en España ha vivido seriamente la plenitud de una crisis, no ha vivido el hambre, el racionamiento del dinero a niveles absurdos. Más bien, ha vivido en la pompa de una prosperidad moderada que ha permitido un tren de vida muy digno. Hablo, por supuesto, de la clase media, mayoría de la población. Todo ello lo cuento porque casi nadie ha asimilado un mensaje que viene de antiguo, desde que el mundo es mundo, un mensaje que sí asumieron los “padres de” y “abuelos de”: AHORRA.

Y a esa es a la incultura que me refiero: no la incultura de patio de colegio, no a los títulos o a los graduados o a los masters. A la cultura antigua, a la sabiduría ancestral de un país que se construyó desde abajo y que manejó en la época del hambre tras la guerra civil la economía de lo inmediato, de la necesidad más básica, de “este pantalón tiene que durar más tiempo” o “con estas sobras podríamos hacer una sopa”; como ya la manejó antes en otras épocas. La previsión, el ahorro, el guardar para mañana. Digámoslo de otro modo: el sentido común. El modelo económico de la oferta y la demanda y todos los modelos imperfectos que analizan los mercados financieros parten de una premisa básica, la primera de todas: el hombre racional. Y ello es muy cierto en un ciclo estable, igual que en una crisis prolongada, pero en la fricción en que un país se levanta sonriendo y al otro se levanta nublado, en el plazo de tiempo en que una sociedad pasa de estar a la cabeza de Europa a estar arrastrándose por detrás, no hay un chip automático que cambie las costumbres. El cambio de tren de vida necesita tiempo. Si la crisis no se produjese por un boom si no por una decadencia lenta, la inflación no estaría al 4,7 %, según últimos datos. La crisis se veía venir, pero en una población que no ha vivido crisis serias, se piensa: “qué alarmistas. Ya será para menos”. Pero la realidad llega y llama a las puertas y llama en las facturas de finales de mes. Y de repente, estás entrampado. Échale las culpas al gobierno, échaselas a la OPEP, o a los cabrones que se pusieron a especular con las hipotecas subprime en EE.UU. que tú no sabías ni qué demonios eran. Ponte a negociar las cifras, los datos, las previsiones, las vías de escape, las coartadas. Primera fase: Negación. Segunda fase: Ira. Tercera fase: Negociación. Cuarta fase: Aceptación. Una vez aceptemos la crisis sin concesiones, vienen las lecturas positivas y la búsqueda de soluciones. El Gobierno es el que más está tardando en aceptarla, pero ya parece estar saliendo de su propia negociación interior, poco a poco. El PP está tan mal internamente que ni siquiera puede distraerse el PSOE entrando en batallas de ideas o en puñaladas barriobajeras. Toca apechugar y tirar para adelante. Ya ha agotado casi todo lo que llevaba germinando en lo social. Hablemos de economía.

La crisis es cambio. De la crisis saldrá necesariamente un pueblo educado en lo económico. Más previsor, menos confiado. Jóvenes que se lo pensarán dos veces antes de meterse en hipotecas de locura que se coman más del 60% de sus ingresos. Mis padres, con dos buenos trabajos, vivieron en un piso alquilado hasta los treinta y pocos. Los jovenes de hoy han comprado casas con hipotecas a veces de casi una vida, que se comen más de la mitad de su salario cada mes y que ahora se están devaluando con la crisis. Además, a tipos de interes variable que suben. Viven en una bancarrota disimulada: quien sepa un mínimo de contabilidad, que haga las cuentas. La culpa de esas cuentas no la tiene la crisis por sí, que es abstracción como cualquier otra: la tiene la falta de sentido común. La tienen los bancos en parte, por conceder hipotecas imposibles, pero quien contrata y firma debe saber dónde se mete. La tienen los especuladores del sector inmobiliario, pero detrás de todo especulador hay quien traga con el valor que le ofrecen. La tierra es un recurso escaso con el que especular, pero había una alternativa que era el alquiler compartido para los jóvenes, y muchos decidieron mandar a paseo al sentido común y comprarse un piso. De la crisis saldrá una población cauta, con los pies en la tierra, al menos por bastante tiempo.

La crisis es catarsis también, porque ahora que todas las vulnerabilidades quedan expuestas, es el momento de corregirlas. Hablaba de educación, investigación, desarrollo, ciencia la otra vez. Hay más vulnerabilidades que nuestros ladrillos de cristal: hay una plaga de políticos irresponsables junto a honrosas excepciones. Y lo digo sobre todo a niveles autonómicos. Andalucía, por ejemplo, es de una vergonzosa pesistencia en lo político. Y no es una cuestión de colores políticos, sino de políticos con ideas agotadas, quemados y con estrategias de mantener el sillón. La crisis hundirá a muchos de ellos en un mismo barco, porque cuando la situación viene mal dada, las malas gestiones provocan incendios y se quedan sin maquillajes.

La crisis, finalmente, es revolución y orgullo. No una revolución ideológica, sino una revolución lenta y progresiva en nuestra propia concepción de las cosas. Porque se tocará fondo y habrá que empujar el país hacia arriba, no por cuestiones patrióticas (que también) sino porque todos quieren una vida mejor, y cuando los gobiernos no pongan parches será el pueblo el que ponga las ideas, el trabajo y el talento. Como los alemanes tras la segunda guerra mundial o como Japón, que decía Galli. Y las vamos a pasar putas, sí. Pero saldremos de ahí más sensatos, más listos, más trabajadores los que han vivido del cuento, más duros. Si se hace bien, tendremos las raíces del futuro.

 

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