Cajones: los limbos literarios

Encuentro últimamente escaso tiempo para escribir en el blog, así que si Café de las cuatro había encontrado algún lector habitual en su corta existencia, pido disculpas. Tuve tentaciones de abandono, porque la vida se pone frenética a veces, pero siempre hay temas que giran en la cabeza de uno y que quieren ser liberados de algún modo, preferiblemente compartiéndolo con muchos.

Quien atesora en alguna parte de su cerebro o de sus vísceras una pequeña vocación de escribir y le brinda cierta habitualidad o persistencia a esta afición, sabe que los libros se escriben con orden y trabajo, pero que en el transfondo de toda narración o de todo poema subyace un caos, llamémosle inspiración, duende, genialidad, improvisación o impulso. Caos porque es algo que surge de la nada, sin cita previa y sin haber sido llamado, y que además te puede encontrar trabajando, leyendo la composición del gel de ducha, haciendo footing o tomándote un café. Las musas pueden contarte una frase, un estilo, una estructura narrativa o, muy comúnmente, una idea o punto de partida para una trama. Aunque encuentres a muchos escritores negando estos arrebatos de la inspiración, el trabajo del escritor no está sujeto a un molde exacto del tiempo, un escritor no es un oficinista con horario de nueve a tres. A lo sumo, un escritor se crea el escenario de trabajo para que la inspiración le encuentre con las manos en la masa, pero el tiempo real de escritura habiendo borrado o tirado papeles varios con anterioridad, coincide más o menos con el “trance”, que es el frenesí literario en forma de impulso irresistible, algo no medible en tiempo y más parecido a la posesión que al oficio.

Dicho esto, me sucede que a veces las ideas, las frases y las historias no sólo me llegan en momentos inadecuados, sino que me aparecen sin género. Sin género literario, se entiende. No sé si será algún problema mío o es algo más generalizado, pero esbozo un paralelismo con los asuntos sentimentales. Nuestro mundo está configurando en torno a la lógica de un orden. Las cosas pertenecen a categorías, pueden insertarse en grupos, se adscriben siempre a ciertos conceptos más genéricos; esta mentalidad tan aristotélica, que es completamente necesaria para coexistir sin volvernos todos locos, también genera “problemas de cajones”. La realidad tiene muchos matices y los cajones no son infinitos. Pasa con los sentimientos hacia otras personas: podemos sentir simpatía o antipatía, admiración o repulsión, amistad o enemistad, deseo, amor u odio. Sin embargo, el corazón no siempre toma partido claramente por una de estas grandes palabras, y así vemos simpatías exhorbitantes, amistades que filtrean con el amor, parejas que ya están desprovistas de éste y han caído en un cajón distinto, y así podríamos seguir con toda una gama de variaciones. Aunque decidamos nuestras vidas en base a categorías, el alma es un continuo y encima fluctuante. Les cuento todo esto porque en literatura sucede lo mismo. A veces la inspiración es una frase. ¿Qué demonios se hace con una frase? Tendrías que considerar el “nick de messenger” como género literario. Otras veces lo que se nos ocurre es una historia. ¿Qué hacemos con ella? ¿Un cuento, una novela, una epopeya apoteósica? Los conflictos más grandes me vienen cuando una idea o reflexión baila entre la poesía y la historia. Sospecho que en música se puede ostentar una problemática similar, e incluso en cualquier forma de arte.

El paso del tiempo ha ido otorgando mecanismos para estos matices. En primer lugar, los cajones se han ido volviendo más anchos, esto es, los géneros se vuelven flexibles. De la formalista poesía de versos alejandrinos, sonetos encorsetados y rimas consonantes, vehículo con propósito exclusivamente lírico o épico, se ha llegado a la poesía libre de forma y de rima, incluso sin cadencia a veces o directamente surrealista, como trazos de pincel dibujando sueños de Picasso. La poesía ha sido y es arma social y arma filosófica (ahora bien, no se imaginen un misil, imaginénse un tirachinas en manos de un neófito). Las novelas cervantinas se convirtieron en nivolas, a veces en ensayos y otras en tratados de psicología. Hay novelas en las estanterías que directamente no tienen argumento sino trescientas variaciones de un mismo sentimiento atormentado (lo cual no sólo habría cabido en un poema, sino también en un haiku). Hay autobiografías que devienen en novela a mitad de camino. El teatro filtrea con el cine y viceversa. En música, la gran palabra hoy en día es fusión: jazz con rock, flamenco con rock, hip hop con flamenco, e incluso flamenco con Soul (díganselo a Pitingo). En cuanto a las cosas del alma o del cuerpo, según se mire, el deseo es el sentimiento rey del siglo XXI, y el amor algo complementario o no, pero una rara avis en cualquier caso. También es algo que sucede entre distintas artes, y si no me creen basta con echar un vistazo a cuantas películas salen a cartelera basadas en comics, o videojuegos basados en películas y viceversa. 

Por otro lado, y en segundo lugar, dado que no hay tantos cajones siempre hay uno de ellos que funciona como cajón de sastre. El cajón de sastre de la literatura es la novela: si la inspiración llega como una frase, es frase a intercalar en medio de una historia; si llega como reflexión sobre algo, es reflexión que se introduce con calzador al principio de un capítulo, tras una conversación o a propósito de cualquier descripción; la lírica poética que no se transforma en poema se transforma en descripción igualmente. He leído novelas configuradas exclusivamente en torno a anécdotas. Todo esto tiene su ventaja y su inconveniente: ventaja, porque la riqueza del libro se vuelve magnífica; inconveniente, porque hay que ser muy buen narrador para intercalar todo esta variedad literaria sin caer en el sopor, en la coma excesiva, en la ruptura del ritmo de la historia, sobre todo ahora que el flasback es casi imperativo para los escritores de nueva generación. Yo no soy un gran escritor, pero sí un gran lector, y por ello concluyo que todo este mestizaje y todo este confluir, esta huida hacia el “todo vale”, no hace la literatura ni el arte más fácil, sino más complejos, porque para ser sublime hay que cuadrar el caos. Además, no está de moda. Lo de ser sublime, digo.

 

2 respuestas a Cajones: los limbos literarios

  1. detallesydestellos dice:

    He disfrutado mucho leyendo la reflexión sobre cómo intentamos expresar lo que sentimos. Yo soy suscriptora del caos, no por solo por gusto sino por genética pura y coincido en que las fusiones y las conexiones “extrañas” no siempre nos permiten ser tan claros como esperábamos. Eso sí, cuando salen son espectaculares. Porque en el mestizaje está, creo yo, la esencia de la naturaleza humana. De hecho la mezcla de sentimientos, percepciones, gustos y otro sinfín de sinónimos es lo que nos hace trascendentales. À mon avis.

  2. crysalid dice:

    Ahh, pero vivimos en un mundo donde hay que ordenarlo todo, aunque sea poco creíble el lugar que ocupan algunas cosas. Yo creo sinceramente en el mestizaje y quien me conoce sabe que soy habitante del caos. No obstante, también cada uno tiene que saber dónde están sus límites, más allá de los cuales el mundo se desmorona alrededor. Hay combinados químicos que explotan. Yo creo en las mezclas de caos y orden, creo que pueden ser complementarios. No me vale cualquier mezcla ni tolero cualquier riesgo, pero también pienso que al mundo le sobran estanterías. Lo peor y lo mejor de mi vida ha surgido del caos, el orden no es más que un refugio.

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