Se vacían las calles con los astros.
Todo queda apretado y cercano
como una fricción de dedos.
Se solapa la luna como cada mes,
La soledad en su crisálida
a punto de romper en cualquier cosa
parecida a un comienzo.
Nosotros que heredamos cada uno
de los trenes que pasaron de largo,
aquí imantando pequeñas historias
como el café de las cuatro;
¡nosotros, cómplices y desterrados,
con nuestros relojes sin cuerda
y nuestras barcas de náufragos!
Sobrevives conmigo
y cada día renovamos nuestra conjura
de derribar la costa del destino
de ganar de una forma inhumana
después de todas las derrotas.
¡Es pronto para ser felices!
¡Todavía queda rodar más abajo,
hundir las manos en el espanto,
temblar nuestras pérdidas,
rozar la palidez de una rendición!
Lo sublime no es el sol,
sino el sol tras la lluvia.
Ahora tú y yo sólo somos nuestro intento,
y somos los charcos que el fuego moja
y las paredes que nos encierran;
y también lo puro de lo que creemos.
El mundo no nos detendrá lo bastante,
un día seremos siega de esta siembra
y en el café de las cuatro
se hará el sentido.



