El vergonzoso “apartheid” de la Universidad de Sevilla

agosto 26, 2009

Vivimos en unos tiempos en que los Gobiernos, nacionales y autonómicos, han ido asumiendo como propios mucho de los valores y sentimientos “buenrollistas” traídos directamente desde la cultura del flower power, desde el movimiento solidario, desde el socialismo de buenas intenciones y desde la filosofía europea. Algo que APOYO. En esta tendencia políticos nacionales, políticos de Junta, alcaldes, caciquillos de tres al cuarto, catedráticos, profesores y voceros de la moral se han llenado la boca de palabras como “tolerancia”, “cooperación”, “solidaridad”. En Andalucía, las Administraciones estilan mucho la palabra “concierto” para hermanar políticos y Administraciones de diferente ralea en pos de la primera parida o inversión que se les haya ocurrido. Resumido el contexto, vayamos al grano:

La Universidad de Sevilla no deja entrar a los alumnos de la Pablo de Olavide en sus salas de estudio. El razonamiento que se esgrime por parte de la Universidad es el siguiente: tenemos 1500 asientos para estudiantes, y tenemos 60.ooo estudiantes. Ellos se lo plantean, en teoría, desde una perspectiva de pura incapacidad de absorción de alumnos. Esto, hasta cierto punto es un buen argumento. Hasta cierto punto. En horarios en que la Universidad está tecnicamente abierta al público, de lunes a viernes por las mañanas, hay estudiantes de la UPO estudiando en estas aulas. En Agosto yo he estudiado allí, y no hay problemas de superpoblación. Por la tarde y los fines de semana los estudiantes de la universidad “amiga” no pueden entrar, por las mañanas sí. Esto quiere decir que si un estudiante de la Olavide un día decidiese  dejar de comer, o sobrevivir una semana almorzando bocadillos de pan duro, podría estudiar ininterrumpidamente en el sitio prohibido en cuestión. Eso sí, no salgas a tomarte un café.

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La ley de los arcos dorados y Georgia

agosto 29, 2008

En el siempre imaginativo campo de las ciencias sociales existen algunas hipótesis de lo más extravagantes, pero que difícilmente pueden ser revocadas. Una de ellas, en el campo de la economía, puede ser considerada de las más exóticas. En su libro The Lexus and the Olive tree, el tres veces ganador del premio Pulitzer, Thomas Friedman, indujo la llamada “Ley de los Arcos Dorados“. No hay que confundir a este periodista americano con el economista Friedman, de nombre Milton, que ganó el premio Nobel en 1976. Esta supuesta ley económica en su formulación en versión original nos dice:

Golden Arches Theory of Conflict Prevention:

No two countries that both had McDonald’s had fought a war against each other since each got its McDonald’s”

El origen de esta idea viene de la constatación empirica de que hasta el momento ningún país había atacado en guerra cualquier otro, teniendo ambos alguna franquicia de la conocida empresas de haburguesas. La idea subyacente a esta ley enunciada tras el método inductivo de Friedman no es que el famoso Roy Mc Donald asuste con su cara de payaso blanquecino más que las posibles represalias del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde se recogen las mayores potencias nucleares. El hecho se deriva más bien que la globalización, facilitando la expansión del territorio de actuación de las empresas, tiene un camino dirigido desde las superpotencias económicas hacia el resto de los países, pero lógicamente empezando con aquéllos que suponían un mayor nivel de rentabilidad, lo cual supone exigir unos mínimos niveles de seguridad o, en este caso, unos niveles mínimos de riesgo. Por ello es relativamente fácil comprobar como multinacionales, grandes compañías con capacidades suficientes para instalarse donde les resulte conveniente, tiendan a evitar aquellas zonas del planeta donde sus bienes puedan ser expropiados, sus empleados amenazados y, en definitiva, sus inversiones puedan ver en peligro su integridad; más aún en casos de catástrofes naturales o humanas, como una guerra interestatal.

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Crisis: La hidra de cinco cabezas

julio 24, 2008

 

 

Está de moda en televisión montar una tertulia económica en cualquier rato muerto que deje el fútbol, el tenis o el tour, y así andamos, del corazón a los asuntos, en la nube y en las losas de la realidad. El caso es que en cualquiera de estas tertulias sale a relucir alguna buena idea de la que se debería tomar nota desde la cúpula de este nuestro gobierno que se afana en disparar a los tanques con tirachinas. Es triste que se escuchen cosas más coherentes en cualquier programilla tardío de cadena local que desde Moncloa, que sigue en sus treces de maquillaje obsesivo sobre esa sucia cara que tiene ahora el país. Es triste, pero no inexplicable. Y lo sabíamos, lo sabíamos todos y hay que quitar de esa visión la siglas y las ideologías y mirar un poco más allá: el equipo y el “programa, programa, programa”, como decía Julio Anguita. Hay un gobierno al que, con viento de cara, se le podían perdonar las ineficiencias, los excentricismos, excesos y meteduras de pata; ahora ya no. Sucede que ahora que pintan bastos, hay que hacer cosas de verdad, cosas de presidentes y ministros, de las de toda la vida. Digámoslo claro: tomar decisiones.

Ahora me toca ser constructivo. Desde mi ignorancia, entiendo que para atacar una crisis hay que atacar igualmente la superficie y el fondo, hay que compaginar los parches con las soluciones reales. Un buen gobierno debe manejar el tempo entre lo inmediato y lo futuro. Para ello hay que empezar por entender la crisis, que no es una sino varias, y con origen en lo internacional y en lo patrio. Tenemos:

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El manicomio de atención al cliente de Telefónica

julio 24, 2008

Tuve el otro día uno de estos típicos conflictos de manual que suceden cada vez que llamas a un servicio de atención al cliente. Vaya por delante que no voy a criticar al personal que trabaja en estas líneas para atender a los cabreados clientes, ya que por lo general suelen ser amables y colaboradores, sin ironías. Mi crítica va hacia Telefónica, que es mi caso, en mi ignorancia de cómo son los demás operadores; además intentaré ser constructivo. Al lío.

Mi conexión ADSL no accede a Internet. Reinicio el router y sigue sin funcionar. Llamo al 1004, espero a la voz humana, me piden mi número de teléfono, me piden que describa el router. Son las 10 de la mañana; a las siete de la tarde consigo que funcione la conexión. He realizado ocho llamadas, me han guiado a través de ocho “soluciones” distintas. El único parecido entre una llamada y otra ha sido básicamente el de dar mi número de teléfono y describir el router, que a estas alturas podría dibujar de memoria como si fuera Velázquez. Por lo demás, cada llamada ha sido una aventura fantástica a través de los entresijos de mi portátil:

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Cajones: los limbos literarios

julio 24, 2008

Encuentro últimamente escaso tiempo para escribir en el blog, así que si Café de las cuatro había encontrado algún lector habitual en su corta existencia, pido disculpas. Tuve tentaciones de abandono, porque la vida se pone frenética a veces, pero siempre hay temas que giran en la cabeza de uno y que quieren ser liberados de algún modo, preferiblemente compartiéndolo con muchos.

Quien atesora en alguna parte de su cerebro o de sus vísceras una pequeña vocación de escribir y le brinda cierta habitualidad o persistencia a esta afición, sabe que los libros se escriben con orden y trabajo, pero que en el transfondo de toda narración o de todo poema subyace un caos, llamémosle inspiración, duende, genialidad, improvisación o impulso. Caos porque es algo que surge de la nada, sin cita previa y sin haber sido llamado, y que además te puede encontrar trabajando, leyendo la composición del gel de ducha, haciendo footing o tomándote un café. Las musas pueden contarte una frase, un estilo, una estructura narrativa o, muy comúnmente, una idea o punto de partida para una trama. Aunque encuentres a muchos escritores negando estos arrebatos de la inspiración, el trabajo del escritor no está sujeto a un molde exacto del tiempo, un escritor no es un oficinista con horario de nueve a tres. A lo sumo, un escritor se crea el escenario de trabajo para que la inspiración le encuentre con las manos en la masa, pero el tiempo real de escritura habiendo borrado o tirado papeles varios con anterioridad, coincide más o menos con el “trance”, que es el frenesí literario en forma de impulso irresistible, algo no medible en tiempo y más parecido a la posesión que al oficio.

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Hijos malditos de la historia

junio 11, 2008

 El club de la lucha

“La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco nos hemos dado cuenta y estamos, muy, muy cabreados.”

- El club de la lucha


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